INICIO

Segadores de Tolox por Manuel Vázquez del Río

Ya dije que después de la Cruz de Mayo se iban los hombres "por ahí abajo" a la siega. Con el nombre de "por ahí abajo" se entendían las campiñas de Cádiz y Sevilla, (Jerez, Villamartin, Ecija, La Luisiana, etc.).
El pueblo se quedaba más solitario, el calor pesaba ya mucho, y las mujeres que tenían niños pequeños sacaban las cunas al fresco, a la sombra de la calle, y los adormecían con las canciones de cuna, repitiendo mucho aquella letra que decía:
Duerme, mi niño, duerme,
Que viene er coco,
Y se lleva a los niños,
Que duermen poco.
Esta canción de cuna toloxeña que se debía también grabar en discos, ya que varía bastante de otras grabadas que he oído, a las que la nuestra no tiene nada que envidiar, pareciéndome su ritmo más adormecedor, quizás por el mayor calor de nuestro pueblo. No hace mucho oí una en la Televisión, que se canta en Mallorca y le encontré bastante parecido a la nuestra.
En esa época de calor dormía yo con el balcón abierto, y al amanecer me despertaban las golondrinas. ¡Con que fuerza y furia cantan a esa hora!. Entre sueños me gustaba seguir mentalmente su canto, poniéndole a su gorjeo la letra que el gracejo popular le ha puesto y que dice así:
Comer y beber, comer y beber,
Piendo emprestao,
Y si te quién prendé,
Por no haber pagao,
Juí, juí, juí,...
Comadre Beatrí, comadre Beatrí...
Las comadres Beatrices me tenían un rato desvelado hasta que no se iban, de verdad, a comer y beber y cuidar sus nidos.
Ya, por ese tiempo estaba la campiña llena de tórtolas, que se extendían por los Barreros hasta el Mojón de Guaro y por el Dite y los Moralejos.
En el capítulo que dedico a mi compadre Manuel digo como los cuatro o cinco manigeros que formaban cuadrillas en Tolox, (Frasquete, Barin, el Gato y algún otro) las organizaban y salían, ya contratados "a merce" a los trigales de algún rico propietario de Ronda para allá.
Los yunqueranos, que siempre han sido más buscavidas que los toloxeños no iban en grandes cuadrillas, sino que se juntaban en grupos de ocho o diez, y se encaminaban, por su cuenta, a los pueblos trigueros que ya conocían de años anteriores, donde se cotizaban mejor entre los propietarios de segunda fila, ajustándose previamente, con lo que conseguían ganar más que los nuestros. El toloxeño de aquellos tiempos no sabía otra cosa que dejarse llevar y trabajar con toda su buena fe y honradez.
Esto de la honradez de los toloxeños llegó a ser proverbial por la campiña jerezana y sus contornos de Villamartin, Setenil, etc. Cuando un ventero o posadero tenía la seguridad de que se trataba de un toloxeño, le fiaba y prestaba, en caso de apuro. Estas deudas a un frastero que confiaba en uno, sin conocerlo, eran cosa sagrada para los de nuestro pueblo.
A este respecto contaré que, el año pasado, me presentaron a un señor, ya de edad, propietario de tierras en Jerez, que al saber que yo era de Tolox, me dijo: "Durante muchos años tuve gente de su pueblo trabajando y carboneando en alguna de mis fincas, y no he conocido hombres más formales y honrados. Los jornaleros de Jerez, continuó diciendo, en cuanto reunían cuatro perras en el carboneo, nos dejaban plantados y se iban a la taberna a gastárselas, a los que teníamos toloxeños nos envidiaban los demás propietarios, terminó diciendo".
Me sentí orgulloso de ver, que después de muchos años, aún perduraba la buena fama de los nuestros por esos mundos.
Las cuadrillas regresaban, con cortos intervalos, desde pasado mediados de Julio hasta los primeros días de Agosto como máximo. El día de la llegada de una cuadrilla la sabíamos los chiquillos, no sé como, desde por la mañana temprano y ya de impaciencia, no queríamos siquiera almorzar, para irnos pronto a la albarrada de la puerta de la Iglesia, mirando a la cruz del Padre Ventura, en donde, ya a primeras horas del atardecer se veía destacarse en el horizonte las siluetas de los que llegaban.
El resto de ellos andaban diseminados por los alrededores de la cruz, durmiendo la siesta debajo de una higuera o un algarrobo, hasta que llegase el anochecer.
No tardaba mucho en desatarse un tiroteo verbal entre los que estaban en la Cruz y otros segadores llegados días antes que ellos, alguno de los cuales se situaba por los alrededores del Chopo, Chorruelo o Barrio Alto, en sitio dominante, para comenzar el torneo.
Recuerdo lo claramente que se oía, en el silencio expectante de la tarde, sólo turbado por el chillido rabioso de la banda de "aviones" que pasaban, a ráfagas, rozando la torre del Campanario, la voz burlona de un segador de Frasquete, si era este el que llegaba, que, desafiante, por traer un par de duros más que su antecesor, llegado dos días antes, le apostrofaba diciéndole:
"¿Que dices ahora, cochino Barino?".
A lo que otra voz acampanada respondía desde una albarrada del pueblo:
"Acuérdate del año pasao, que te juntamos las orejas con saliva, Frasquete".
Este "untar las orejas con saliva" era la indicación de victoria de las peleas de los chiquillos. El año anterior había vencido Barino. Seguían el vocerío y las risas por la pelea "de boquilla", ya que, en el fondo, eran buenos amigos y nunca llegaba la sangre al río, hasta que, de improviso, sonaba en la cruz el ronquido de una caracola, y veíamos a los segadores apiñarse junto a la Cruz.
Se hacía un silencio absoluto, caía la tarde, calurosa y serena pareciendo que hasta los aviones callaban en el momento solemne de iniciarse el rezo de la Salve, cosa que hacía uno que tuviese voz potente.
Digo iniciarse, porque la oración no recuerdo que llegase nunca más que al instante de decir "en este valle de lágrimas", en cuyo momento, no se por que asociación de ideas, quizás por la palabra lágrimas, se elevaba al cielo, desde el pie de la Cruz, un cohete, de los llamados "de lágrimas", precisamente, a cuyo crujido, seguido de una lluvia de chispas ardientes, se rompía el silencio de la muchedumbre, siendo, a partir de aquí, todo algarabía, alboroto e impaciencia.
Los de arriba, ya terminada la Salve, y bien anochecido, encendían la gran rueda de cohetes, colocada previamente a lomos de un mocito forzudo y valiente, que bajaba a la carrera, crujiente y chisporreante, hasta perderse de vista en el río Moagil, en la "Pasilla er Partá".
Años después, siendo ya mayor, supe que el portador de la rueda de cohetes llevaba sobre su cabeza y hombros unos sacos mojados para no chamuscarse, y que la rueda la compraban a su paso por Ronda.
Los segadores bajaban lentamente la cuesta, el sombrero nuevo, también comprado en Ronda, encasquetado sobre el viejo, que era el modo más seguro de trasladarlo sin deterioros y manchas, los paquetes de peladillas para la menuarria en las alforjas al hombro, y si la cuadrilla que llegaba era la del Gato, en la que siempre iba mi Pantisquito, del que hablaré en capitulo aparte, corría yo a su encuentro y recibía de sus encallecidas manos el regalo prometido; la trompetita, la pequeña navaja, y un año ¡por fin! mi ilusión, unos "avíos de encender" completo, con su eslabón, su pedernal ¡y hasta la yesca! todo ello en su bolsita. ¡Que bien olía la yesca quemada!
El pueblo se disponía a celebrar su feria de San Roque...

No hay comentarios:

Publicar un comentario