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La infancia en Tolox a comienzos del S. XX (3ª parte)

Os hablaré ahora de mi época escolar. Comencé a asistir a la escuela a los cinco años; no existía en Tolox más que una escuela de niños y otra de niñas. En la primera había siempre un maestro que podríamos decir inamovible, pues era del pueblo y fue nombrado por el Ayuntamiento, no se en que condiciones, aunque después paso al Estado. Cuando venía destinado algún titular se repartían los alumnos por la edad pero en el mismo local y a la misma hora. 
Estos titulares forasteros solían durar poco tiempo, y en largas temporadas se quedaba solo el maestro toloxeño, tío mío, por estar casado con una hermana de mi padre. Así venía ocurriendo desde el fallecimiento, años antes, del maestro Don Juan Rojo, al que yo no llegué a conocer, que casó, vivió y murió en Tolox dejando una gran fama como profesor y caballero. 
Mi tío Antonio era semiparalítico de las piernas y andaba, trabajosamente, apoyado en una muleta y un bastón. La escuela la recorría sujetándose a los respaldos altos de los bancos, aunque más de una vez lo vimos perder pie y rodar, (estaba muy grueso), con gran contento, eso si, disimulado. No sé por qué los chiquillos solemos ser tan crueles a esa edad, pues la realidad era que por su bondad le apreciábamos todos, aunque a veces, si se enfadaba, siempre muy justificadamente, sabía castigar, pero lo habitual era su buen humor, pese a su parálisis, que el tenía que sentir más, pues había sido un cazador de fama, antes de enfermar. Su único placer, a domicilio, consistía en verse sentado en su sillón, y si era tiempo de frutas, con un canasto de ciruelas de su finquilla de "Pedro Miguel", en la Fuensanta, al que sujetaba entre las piernas, para tener las manos libres, y para que mi tía no se lo pudiera quitar, a viva fuerza, pues quería dar fin de él, aunque reventase. Otras veces se trataba de brevas; su enfermedad no le permitía ya más que la gula, y la fruta le volvía loco. 
La matrícula escolar de niños no pasaba de más de 50, pero la asistencia diaria andaba por los 30. Los niños en su mayoría, iban descalzos. Aunque la enseñanza estaba ya declarada obligatoria, muchísimos no se matriculaban siquiera y otros, matriculados, dejaban de asistir enseguida para ayudar a sus padres en las faenas del campo, o salían con una espuerta a "coger cagajones" por las calles y entradas del pueblo; lo recogido, echado en la cuadra, iba incrementando, poco a poco, el estiércol que producía el borriquillo. La pobreza de aquellos tiempos es, hoy día, inconcebible, y los años de mala cosecha, los "años de jambre" como se les decía, eran trágicos y aún los recuerdo con horror.


Las ocurrencias de los chiquillos en la escuela le hacían mucha gracia a mi tío Antonio, que no podía menos de reírse con una risa convulsiva, agitándose mucho su gran barriga, almacén de ciruelas claudias y de brevas canquillas, cuando se aprovechaba del canasto, en un descuido de mi tía. A veces si veía algún muchacho haciendo algo malo le ordenaba acercarse para darle con la vardasca en el trasero, y alguno se atrevía a rogarle, suplicante: "Don Antonio, no me pegue osté con esa vara, que es de "granao" y me se va a secá er "culo". No se con que fundamento asegurábamos los chiquillos, convencidos, que las vardascas de granado tenían ese efecto retro-secante. 
El pedir permiso para ir al retrete, cuando el muchacho se encontraba lejos del maestro y tenía que acercarse a él, se convertía, a veces, en una escena mímica insuperable; había chico que para indicar que ya no podía más su necesidad mignitoria, y que reventaba si le denegaban el permiso, se encaminaba hacia Don Antonio desde el otro extremo de la clase, llevando sus dos manos entre las piernas, sosteniendo y apretando entre ellas lo que podía. A veces había una mano delante y otra detrás. Nada más gráfico. ¿Como denegarle el permiso al pobre y como contener la risa? 
Cierta vez un "cusaó" como en Tolox se le dice al acusica o soplón, habiendo oído un ruido mal oliente en el grupo de los mayores de al lado, se dirigió, muy digno, al maestro, para decirle: "Don Antonio, la octava se ha "esforonao". Empleó este verbo muy gráfico. 
Incidentes emocionantes en la escuela eran la presencia de neófitos, que conducidos por su padre, o madre, se resistían, más o menos llorosos, o berraqueantes, como si los llevasen al matadero. En este aspecto se llevo la palma un tal Luis, de apodo Lucero, que vivía en la punta abajo de la "Carzá", en la casa en la cual se metería un coche que perdiese los frenos en la plaza de Arriba. ¿A que todos los toloxeños sabéis ya a la casa a que me refiero? 
El padre del muchacho, también Luis Lucero, tenía una tabernilla en dicha casa, que por cierto he visto reformada muy recientemente. Luisillo era varón único, seguramente mimado por los mayores, y cuando su padre decidió llevarlo a la escuela, se entabló una lucha, entre ambos... ¡y que lucha!, un mes seguido de conducirlo o acarrearlo, día tras día, arrastrando, chillando y pataleando, a lo largo de los escasos treinta metros que separaban su domicilio de la escuela, situada en la parte de Ayuntamiento actual que mira hacia la Callejuela que sube a la plaza de Arriba, o plaza Alta, que también se llama así. Los gritos y chillidos se oían en los extremos del pueblo y la gente, que llegó a acostumbrarse, los tomaba ya como reloj, y decía: "Ya son las nueve porque están llevando a Luis Lucero a la escuela". 
Al tal Luis había que verlo, con su cara más ancha que larga, toda ella picada de viruelas, en la que lucían unos ojos grandísimos y una boca enorme, que se abría de oreja a oreja, dejando ver, en su interior las mellas dejadas por los dientes de muda. Esta familia es una de las muchas que yo he visto desaparecer de Tolox a primeros de siglo, y siempre me pregunto, con curiosidad, si aquella tenacidad, aquella renuencia del Luisillo, tendrían su continuidad al hacerse hombre. Este muchacho fue el protagonista del "caso del caracol", que presenció mi padre, desde el escalón de mi puerta, en la Calzada. 
Llevaba el Luisillo atronando la calle con su caracol desde hacía muchos días y todos los vecinos respiraron satisfechos y aliviados cuando pasó el "día de las Mozas", porque se acababan hasta otro año los ruidos de cencerros, "piquetas" y caracoles, que era la esencia de esa fiesta infantil. Pero para Luis no contaban estas leyes del silencio y siguió soplando, incansable, con su tenacidad característica, causando la desesperación de los vecinos temerosos de tener aquella música todo el año. Ya tenía los labios hinchados del caracol. 
Su padre intentó, por las buenas, hacerlo callar, aunque en vano, hasta que un día, ya enloquecido, le arrancó de manos y labios el instrumento de tortura, y lo "rezumbó", con todas sus fuerzas contra el empedrado de chinos de río. La cara de sorpresa, espanto y pena del Luisillo, al ver hecho "cénico" su tesoro musical, más horrible aún que la que hemos descrito cuando lo arrastraba a la escuela, pues en esta ocasión tenía los labios hinchados de tanto soplar, es la que mi padre denominó "la cara del caracol". Desde aquella fecha, cualquier chiquilla se le rompía el cántaro de agua que llevaba al cuadril, o los huevos que transportaba en el cenacho de esparto, o cualquier chiquillo al que se le escapaba de la mano, en un descuido, el gorrión cogido en su costilla, cuando lo estaba mostrando orgulloso a sus amigos, ponía la cara del caracol. La frase, como otras de mi padre, llegó a emplearse por todos; lo que no se es si se seguirá empleando. 
Pero continuemos con la escuela, en la que conocí a varios titulares, entre los que recuerdo a uno joven, no mal profesor, pero que debía estar en una situación económica apuradísima, cosa no de extrañar con los míseros y vergonzosos sueldos de los maestros entonces, lo que unido, quizás, a los gastos de traslado y boda, pues llegó recién casado, lo habrían dejado a la cuarta pregunta, porque el hombre, muy decente, no pisaba el café, permaneciendo encerrado en su casa, en la cual, al decir de los pocos que entraron en ella, no se respiraba más que pobreza. ¿Cual sería el drama de aquel hombre, correcto y educado, que no se trataba con nadie? 
Recuerdo que llegó a menudear los registros entre los muchachos mayores de la clase alguno de los cuales se atrevían ya a fumar a escondidas, y les decomisaba el tabaco, respetando las cerillas o "los avíos de encender", asegurándoles, sin enfadarse, que ya no volvería a registrar más, para confiarlos hasta el próximo cacheo, en que una necesidad incontenible, se conoce, le obligaba a buscarse un cigarro. 
Cierta vez, dejó a unos chicos castigados, encerrados una hora más de escuela, y como, desde la calle, otros les hicieron burla, fueron condenados, al día siguiente, a permanecer de rodillas un cuarto de hora diario, a lo largo de una semana. Entre los castigados estaba yo, verdaderamente sin culpa, pues solo acerté a pasar por delante de las ventanas, sin meterme con nadie, cuando iba de paso de mi casa a la de mi abuelo. A mis padres les pareció muy duro el castigo, y más asegurando yo mi inocencia, discutiéndose las posibles medidas para arreglar el asunto, pareciendo mejor la idea de mi padre, que con la criada le envió un serete de higos de arroba, con lo que al día siguiente de escuela no se volvió a hablar más de castigo. 
Y es que la frase vergonzosa de "tiene más hambre que un maestro de escuela" era entonces una triste realidad, que borró, en parte, el Conde de Romanones, Ministro de Gracia y Justicia, como se llamaba al de Educación, elevando los sueldos del Magisterio en cuantía apreciable para aquella época, comenzando así la dignificación económica de una clase cuyos componentes no han sido tratados nunca como merecen.

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