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Reflexiones blancas distantes

Fornido en lo alto de un cerro, arisco y malcarado, sobre un saliente rocoso, está mi pueblo sostenido. Escarpado recinto de casas apiñadas, suspendidas, presumiendo de un blanco descarado. Dicen de él que no fue fiero ni temido, ni fue rey destronado. Solo un foso morisco de una historia breve de un tiempo lejano, rodeado por dos ríos que lo abrazan al juntarse en su recorrido.
Arrinconado en la falda de la sierra parda, al abrigo de los vientos y al frío del norte, protegido por un macizo elevado por donde se aleja el sol entre bostezo anaranjado, dejando un rastro de sangre flotando sobre la cumbre blanca, donde anidaron rapaces, que un día volaron ese espacio manso que envuelve al enriscado pueblo, bello en su reposo.
Allí vive, ese reflejo del cielo sobre la tierra, en un entorno de colores pardos, entre pardas colinas, de pinos descoloridos, sobre un terreno accidentado. Entre cerros de viñedos y lomas de olivares, sembradas de trochas y veredas torcidas, desniveladas y peñascosas, labradas por las bestias y el paso del hombre. Entre vegas y cañadas que vadean los ríos y se desgrana el tiempo, entre huertas, estanques y albercas, donde se afana una vida más lenta que de costumbre y un calor extraño nos acoge cuando nos recibe.
La luz es más azulada y brillante y más ligera, fundiéndose con el verde ocre de la tierra; el aire huele a pino y a maleza confundido, acunado por la brisa de una eterna primavera que mece los cañizos entre los arroyos; golpes rítmicos de una azada contra la tierra y algún que otro trino, de un invierno aún sin estrenar.
Allí vivió también ese pueblo de la infancia que hoy la memoria me rescata vivencias y recuerdos que fluyen como un torrente, claros y vívidos, de ese ayer perdido. 
Como aquel paisaje quieto de los campos, pidiendo a grito el beso redentor del arado, antes de que un sol tibio anunciara la primavera y los sembrara de verdes espigas y rojas amapolas. 
O aquel color otoñal que pintaba al pueblo de tonos pardos bajo nubes gordas de lluvia, volando sobre los viejos tejados, dejando una fragancia de lluvia en el paisaje blanco, goteante sin sol.
Y aquel humo que ascendía gris y delicado por las chimeneas hacia un cielo encapotado, como si fuera aliento respirado de los hogares encendidos, de la leña que ardía bajo las trébede, calentando lento el puchero, en un ambiente de ausencias, donde una madre tenía la costumbre de poner la mesa con un plato menos. Sonidos sordos, amortiguados, de cacharros trasteados en la cocina, mezclados con un murmullo enlatado de voces radiofónicas. Cisco en el brasero. Colcha de ganchillo blanca que olía a limpieza sin vida, encima de una cama triste de una habitación vacía; de muebles de barniz apagado, cubiertos por una delgada capa de polvo que huele a pasado rancio, a tristeza y abandono. Galería de retratos sobre una cómoda, galerías de fracasos y huidas y de promesas rotas, de sueños de juventud insatisfechos; fotografías en una caja de galletas guardadas, como si fuera el elixir de la existencia primera.
Y moría lenta la tarde con su aroma quieto de pueblo perdido y de color campestre bajo la moteada luz del atardecer, las tejas de sus viejas casas brillaban como si acabara de llover, y en el aire suspendido, aquel olor de leña quemándose, sobrevolando los tejados mojados de mi pueblo.
Estrecho y de calles empinadas, donde todo era público y jugaban los niños que tenían infancia. Épocas largas con el paso lento de los juegos que se perdían por sus callejones, rozadas con las manos sus paredes fresca de cal antigua y descansar en sus sombras, agotados, y que el tiempo pasara.
Allí vive aún, sin poder olvidarlo, con su vieja iglesia siempre de novia vestida, y su fiel campanario, enamorado de los días festivos y de sus mañanas blancas de verano, con aquel sol que caía a plomo sobre sus calles y plazas, registrando la rutina cotidiana de sus gentes.
Sentadas en un recodo de la calle, bajo un sol otoñal de aspecto sereno, un grupo de mujeres zurcían codos y parches en ropas ásperas de campo; otras hacían ganchillo en el quicio de la puerta. Eran vecinas todas, compartían espacio y preocupaciones mundanas, con su retahíla a cuesta. Saltaban en sus relatos de una fecha a otra, según les venían los recuerdos a la memoria. Las jóvenes cruzaban hilos y miradas cómplices, bordando en pañuelos blancos, las iniciales del hombre de sus sueños. Entre silencios largos, otras tejían jerséis de lana y añoranzas. Rumores de toses, carraspeos en voz baja sobre enfriamientos y otros achaques. Hablaban las comadres de pasiones extinguidas, de la dureza de la vida y de maridos perdidos; de soledades de viudas y sobre los avatares de los hijos. De aquellos días cortos de felicidad, para siempre perdidos. Recordando que el adiós es más doloroso para quién se queda en medio de la distancia y el olvido! La tarde concluía fresca, cargada de humedades. ¡Maldita reuma! farfullan algunas al levantarse.
Mujeres de mi pueblo blanco, de brazos cruzados bajo el pecho, sin llorar; tan serenos los ojos donde cabía todo un mundo, amor entero de madre y de odio vacío. De manos callosas del trabajo duro de hacer pleita; secas como el cartón y arrugadas por el tiempo y la indiferencia, de tantas fatigas y de criar a tantos hijos. Mujeres abnegadas, de oscuro vestidas, durante mucho tiempo de luto encadenado, que se levantaban calladas, para vestirse de negro todas las mañanas.
Tertulias de bares y partidas de cartas o tardes partidas de dominó, cercadas las mesas por el humo de los cigarros que dejaban un aroma de tugurio en la ropa. Rotas voces entre juegos, sorbos de licor para consolar las gargantas resecas, consoladas por el alcohol mientras los mata. Hombres de rostro de piel curtida como el cuero viejo, por el sol de los campos, los años y los penares. Hombres con las manos de trigo vacías, pero puros de amor como la tierra. Campesinos de campo ajeno, de alpargatas, de ancha faja negra a la cintura, con los pies siempre en el polvo del camino, del arado y la miseria como mala compañera.
Deja la lluvia en el aire un olor a campo segado y entre el rubio brillante del rastrojo, rodeado de cipreses altos y picudos, tras una tapia encalada, aparece el camposanto. Esa triste luz blanca de vidas apagadas, donde duermen corazones sin latido. Eternos sueños blancos y otros descabellados sueños de grandeza entre tumbas diferentes, de angelotes tallados sobre lápidas con sus nombres de mármol esculpidos; con ramos de flores que languidecen en jarrones sin agua, que hablan de historias y de rostros casi olvidados. Todas ancladas en el más profundo de los silencios, enojadas con el mundo ante la desoladora perspectiva de los que se fueron lo hicieron para siempre. Todas bajo la mirada sin brillo de un arcángel de yeso tosco que preside ese reino callado, donde no hay más que recordar y echar de menos. 
Pueblo que se despoja de sus hijos como el árbol sacude sus hojas, cada vez más lleno de ausencias para disimular tu entero vacío que el tiempo las devora y las consume y siempre insatisfecho; con ese olor a olvido entre tus paredes blancas, filtrado en cada poro de cal como una mala fiebre, donde los días mueren callados, sin sobresaltos, a golpe de campana.
Duele verte hoy en tu cerro como un centinela en la puerta de una vida que ha quedado atrás, solitario y triste, convaleciente, con síntomas de poco futuro. Busco ahora entre canas y arrugas al amigo de mi infancia y no lo encuentro por más que miro. Solo el eco de un pasado borroso me devuelve una tristeza mansa, domesticada, que mancha mi cara de lágrimas viejas.
Eres esa apacible envoltura cotidiana de lo vivido y añorado, de reflejos blancos en la memoria escritos, como esos surcos que la vida nos marca al pasar; garabatos que el tiempo se entretiene en dibujar en los rostros de las personas y en el de los pueblos a medida que envejecen, que nos atrapan y nos dejan indefensos ante ese pasado, sepultado a esa hora en la que tapan en los pueblos las cosas indecentes, donde la vida continua protegida por ese silencio sordo que anestesia la dolorosa distancia.
Volver a oler los campos quisiera y contemplar la floración del almendro, tumbarme en la hierba alta y cerrar los ojos al abrigo de un sol que calentara; abrir ventanas y respirar el aire manso de la campiña en una tarde precoz de primavera; oler el aroma de un fondo tostado flotar en una tarde fría de otoño, sin que el llanto me lo borrara. Pero esos olores que remontan la corriente de los años se han ido con la brisa, la vida los aleja y el tiempo los evapora para siempre. Con los años se destiñen el sentido de las cosas y los rostros, quedando solo un pasado blanco, desprovisto de sentimientos, que a ratos recorremos en silencio, como un cosquilleo amargo en la garganta. Recuerdos medio vestidos o medio vividos, alimentando el encargo de revivirlos otra vez, que nos hicieron sentir, como en esos días al final del verano que de pronto acaban, dejando amigos, vivencias y sobre todo amores sin terminar.

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